Flotando nacen, respiran y perecen.
No existen los egos cuando los pies
se alejan del suelo para caminar,
para ser alas doradas,
para marchar en un implacable vuelo líquido.
Flotando levantan, resisten y cantan.
No existen los rapaces
si la caparazón es del mármol más salvaje,
el que aguanta todo,
hasta el peso del mar.
Flotando viven, crecen y perduran.
No existen los miedos cuando el cuello
se estira tanto que al cosmos alcanza a mirar,
mientras esa piel desaparece
junto con todo lo demás.
Flotando se quedan, se conmueven y aman.
Sólo existe el placer cuando el corazón
escapa inmaduro de las víceras
de un atardecer sin estrellas, sin aire, ni nubes,
que llegó a destiempo sin avisar.