No creía que era, hasta que supo que era.
Tiempo y distancia son bocados
fáciles de digerir en la marcha de un viajero,
de un alma que sólo es alma.
Dejó de creer entonces y supo que era.
El remolino es tan grande
que no cabe en la imaginación,
sino en la cálida llama dorada.
No le importó ser y entonces realmente fue.
No bastan las acciones, ni las armas
para matar al hambre y la razón,
si ellas son ilusiones en la nada.
Disparó hacia otra dimensión porque así es.
Ya sabe de su conocimiento,
un viajero nunca termina, porque siempre viaja
y ser el dios de Marte, es una simple ventaja.