La sal se acerca de a poco,
los fluídos se quedan con todo,
Cristo vigila a los veleros
desde su estatua espiritual.
Arden las bundas el sábado,
reclamando la vista de los que enamoran
a peces vagabundos
y hasta de los cangrejos de mar.
El sol se aleja de a poco,
las olas se quedan con todo,
Cristo se conmueve sin cesar
desde su estatua marginal.
Arden las bundas del atardecer,
usurpando los ojos de los pescadores,
de los monos impacientes
y hasta de aquella piedra universal.
Tranquilo, nadie te va a culpar,
el paisaje es tan hermoso
que hasta un santo se tienta
siendo pura sangre animal.