Misterioman ya casi no mira,
sus oídos comprenden poco
y se acostumbran fácil
a recibir caricias de ojos puros.
Los charutos asquean sus muelas
y desintegran su flaco esqueleto,
mientras amolda a su lengua
a marchar lenta cuando suena.
La pua y las cuerdas
se amigan en un aire espeso
que revela muerte y vida nueva
en el rebote sin fin del agua.
Misterioman se bautiza
bajo el sonido de las cataratas mágicas,
que dibujan en su vista un arco-iris diminuto
que resiste hasta el anochecer.