Había que dejar de rugir,
tenía que esconderse de ese viento
que levantaba el polvo de las montañas
nublando el aire.
Había que darle paso a lo oscuro
para que el equilibrio quede intacto,
para darle el turno a que se luzca
la niña divina, dulce Lucero del Alba.
Se deslizó lento tras las colinas
como una serpiente entre las ramas,
transformando su luz en una esfera naranja
que esfumaba la pintura del cielo.
Se rió ensimismado, evitando pensar
que los años le producían cansancio
y soplando un beso la tentó a salir
a Lucero quien ingenua se sonrojó.
Encendió otro charro para avivar los tonos,
se quitó las gafas para no caretearla
y se marchó lento tirando el humo
entre las nubes de la ya fresca noche.