Cuántas veces caí en laberintos?
Cuántos habré resuelto pensando
¨qué haría Marina en esta situación?¨
pero no voy a hablar de mi, sino de ella...
A ella no le pesa llevar esa varita
que de niña la bautizó,
maga y capitana
de la simpleza y la frescura.
Los años no dañan su rostro,
dicen por ahí, que los sabios
no envejecen, nacen viejos
y con el don de reír sin caducar.
Hay flores vivas en sus vestidos,
azúcares empalagosos en sus recetas,
cariño y atención en sus manos
y una lógica urgente en sus palabras.
Sus ojos se hinchan cuando llora
y no pasará desapercibida su voz,
si una cucaracha amenaza con pasearse
sobre los azulejos del comedor.
Mientras la tinta mancha el cuaderno,
flotan en el papel los recuerdos,
de siestas en su cama
y sus dedos acariciando mi pelo.
Y no puedo evitar hablar de mi
cuando pienso en ella, que es tan parte de mi
como de esa esperanza que brilla en el universo
cada vez que una brisa la hace sonreir.