Enciende con su índice derecho un tabaco,
su mano izquierda alza
esa botella que jamás soltó
y bebiendo eleva una llama triste interna.
Ríe, creyéndose capo en la eternidad,
balbucea algo borroso al oído
de ese monstruo que durme a su lado
y se marcha en paso desvalanceado.
Esquiva a saltitos sus cordones desatados
que amenazan y son peligro
en un largo retorno de madrugada
hasta ese mismo hueco en el espacio.
Entonces sus ojos ciegos
se desvanecen y sus bruces
se estropean contra el asfalto
en el intento de mantenerse parado.
Busca dar otro trago,
mas la botella ahora es vidrio quebrado
y el vino es vómito divagando
por ese cosmos que se aburre al verlo pasar.