Cuatro cuadras atrás aulla el mar,
dos mil años luz después parpadea la estrella,
tres lunas antes cruza nadando el mangue,
diez centímetros de pelo más tarde vuela.
Puedo medir absurdamente
la distancia entre el cielo y el averno,
sabiendo que no hay principio
ni fin si desprecias el calendario.
Puedo pasear entre las aguas
sin ver más que lo que mis oídos quieren,
sin escuchar más allá
de lo que mi piel enamorada siente.
Sesenta picaduras de mosquito después,
entiendo que rascarse no sirve,
seis mil kilómetros al sur
sueño con este mar desde la almohada.
Puedo confesar bajo esta luz de atardecer,
que no tiene sentido abandonar al amor
si en todo momento descansamos siendo uno
junto al resto de las almas encantadas.