El miedo es eco inagotable,
en su soledad, ya sabe que será
una caña al aire tras cenar
y que así continuará el ciclo todas las noches.
No alcanza alimentar con su ego
esa vía láctea que tanto lo necesita,
no sirven las mil estrellas guapas que ya desvistió
y nunca son suficientes las botellas que destapó.
No hay nada que tape su tristeza,
no existen escobas para barrer ese destino
que lo condena a ser sol por siempre,
hasta que el misterio, un día, apague su llama.
Ciento dos litros y cuarenta lunas
que levantan sus polleras
y ese baile patético, que a tropiezos,
lo lleva a cruzar la puerta.
Su mano está acompñada,
su barba está empañada,
su llama brilla sólo en ese lugar
y él se engaña otra noche, sin poder amar.