Se agitan las ramas con la brisa,
el mar canta una canción de amor,
los botes flotan sin prisa
y el árbol del sendero me regala una flor.
Me refugio en su sombra
meditando sin tener visión,
con los ojos ardiendo en sal
y con los brazos cansados de nadar.
Es tan rico el olor,
tan suave y armónico el calor,
es cómodo y de arena el sillón
que siguiendo el silbido decido despegar.
Me acuesto un momento en las nubes,
ellas están blancas y dulces,
ruedo como gota por el tobogán
y de cabeza me estrello en el mar.
Nado hacia la orilla, sólo para no perder
mi lugar en el sillón del placer
y me siento a esperar
que otra flor me venga a buscar.