Me siento sobre un delfín,
un caballo come pasto,
conciente que esa soga
no lo va a dejar galopar.
Me agarro de la aleta superior,
no quiero caer en el vértigo
de un viaje que se ilumina
sin precisar de la luz de una lámpara.
Flotamos siendo uno,
atravezamos el totem de Jairo,
dejamos la madera ser pasado
para ser hoja y con el viento volar.
El caballo descubre
que una simple ilusión es la cuerda
y va por todo aquello que antes
no era más que un diurno sueño.
Un loco corre entre las ramas,
la brisa trae el anochecer
y con mi delfín de madera
llenamos de luz esta aldea.