Una carpa en Margarita

No había visto la luna
ni de noche ni de día
y eran pocas las palabras
que la brisa le silbara al mar.

No había visto la espuma
ni las horas del tiempo pasar
y estaban acorraladas las hojas
que la lluvia había volteado.

No quería salir de la carpa
aunque de a ratos extrañara la casa
el comedor, la cocina
y hasta el hediondo inodoro blanco.

No había sentido las olas
romper sobre las gaviotas
que se suicidaran jugando
al mojar sus pelos de miel.

No había partido en ojotas
que con el calor se hicieron moldes
hasta que la madrugada
y el gallo cantara para despertar.

No quería salir de la carpa
ni de noche, ni de día
era más sano retomar el sueño
que lo atrapara en el viajar.

La espera

Hacer tiempo es triste
esperar que la aguja corra,
sirve sólo para ver
este ahora que se escurre.

Y el vuelo sale en cinco horas,
hacer tiempo da pena,
porque junto con las agujas ruedan
los teléfonos y los sobres de azúcar.

Corren los zapatos negros
los peinados modernos
las miradas desoladas y perdidas
y las maletas cargadas de mentiras.

Hacer tiempo es una agonía,
es fingir interés  por algo incierto
porque es una ilusión barata
este ahora que se escurre.

Falta un poco menos
pero igual desesperás,
hay un cuaderno y un lapiz
y un gramo de imaginación.

El aeropuerto comienza a temblar,
las luces tartamudean al mismo compás
los micrófonos enloquecen con No Doubt
y algo se detiene allí para siempre.

Buscando tapar el hueco

Puedo ser un perro fiel,
puedo estallar en gritos absurdos
por los partidos de fútbol
y hasta puedo bailar
bailar, bailar y sonreír
buscando tapar huecos.

Puedo beber y fumar
puedo intentar olvidar
puedo cantar y tocar
puedo llorar y morder
y hasta creer
que ya no duele.

Pero no puedo negar
que ahora que no estás
falta una parte de mí,
planeta que jamás quiero olvidar
porque anduviste rodando
en mi cosmos más amado.

Puedo sonreír y llorar
escupir tus huesos
putear al mundo y más allá
meditar, rezar y callar
hasta anotar en mi cuaderno
que ya no sufrís más.