Añoro y fue real una de mis primeras poesías
que manchaba con acidez juvenil
sobre lo gris oscuro de las fiestas de fin de año
donde mi cuerpo y mente no tenían intenciones
de festejar nada...mi mejor amiga había muerto.
Había tendencia suicida, tabú familiar
rincones cargados de odio y mugre
una mirada fría, cansina, que pedía a gritos
que el viento se llevara esa pantomima europea
de festejar el nacimiento del resurrector.
En verdad con el tiempo entendí
que mi odio no iba a quienes festejaban
ni contra la avasallante religión cristiana
ni siquiera contra el Dios que se había quedado
con el cuerpo y aire de mi gran compañera.
Mi odio latía como trueno de tormenta
por el dolor, la falta de su compañía
porque la más sabia de mis guías no aparecía
y yo me quedé con demasiadas preguntas
como para querer escuchar el silencio.
Habían esas fiestas detonado la bomba...
desataron mi pulso y mi birome con tinta roja
dieron luz al cable que me conecta con el infierno
en donde cada tanto visito a Satanás
para morder trozos de carne cruda de su plato redondo.